Una vez más, durmiendo volví al bosque. Era montañoso, porque recuerdo que el terreno subía y bajaba. Me perseguían cazadores, aunque no sé si eran simplemente humanos. Entonces me ecnontré corriendo, pero yo no era un humano, era un ciervo, y corría rápido, no era problema para mí ni las ramas ni el terreno, era un cuadrúpedo que saltaba por el suelo boscoso. Pero al encontrarme frente a una bajada muy empinada de pronto estaba volando;(por los Dioses, que belleza de sensación para despertarse); era un búho, o tal vez otro ave, no lo sé a ciencia cierta porque no podía ver mi cuerpo, simplemente sabía que era un ave y me deslizaba entre los árboles, planeando. Me tuve que esconder. No sé en qué me convertí, pero era algo pequeño, porque me escondía, y pude ver a varios humanos acércandose, al final de la bajada. A partir de eso algo me despertó.
Dos animales que se repiten en mis sueños, entonces, y ambas ocasiones en el bosque. En una ocasión, caminaba entre un montón de árboles muy delgados y muy altos, cuyas ramas empezaban a asomarse muy arriba, cerca de las copas. Y en casi todas ellas, había todo tipo de búhos y lechuzas, mirándome, muy silenciosos. En algún punto, ya no estaba caminando, estaba en una rama y era un de ellos. Desplegué mis alas y me dejé caer, justo antes de despertar.
En la segunda ocasión, de vuelta entre árboles, peleé con un ciervo, no por odio ni por miedo, pero trataba de agarrarlo por el cuello y dominarlo, era un animal muy fuerte y caíamos juntos y nos revolcábamos por la tierra. Como dije, no había odio, pero sí mucho sentimiento. Era, por alguna razón, muy importante para mí vencerlo. Creo que me desperté antes de llegar a un final, y si concluyó, no lo recuerdo.
Letras partidas a cuchillo, sangrantes sobre una tabla virtual. Cáscaras de remolacha, semillas y frutas danzando circularmente en las manos... incluso fuera de nuestros propios bordes, los sabores se desparraman por la mesa e invaden con su aroma el resto de las habitaciones
sábado, 14 de diciembre de 2013
viernes, 15 de noviembre de 2013
Flores y peces
El sol
se chorrea en la espalda
de
quienes caminamos.
La
tarde cae sobre los techos de constitución
y en
los andenes corremos
porque
alguien más corre.
Las
filas enormes de gente dibujan
serpientes
en la plaza.
El día
cae sobre las espaldas apiladas
y en la
esquina un semáforo rojo
entrechoca
y esquiva pisadas.
Entonces,
la siesta no buscada
los
SÚPER panchos,
los
heladosenvasotressabores a ocho pesos
las
monedas para los hijos del hombre que tiene SIDA! (grita)
y las
mujeres con bebés a upa, pasando por cada asiento
las
gaseosas
los
pebetes
y el
chipá -calentito, caserito, el chipá-
la moneda que pido honradamente porque no me
dan trabajo
El sol
entra de costado por los perfiles en la ventana
que
miran allá, que no miran
o sólo
se sacuden con el vaivén del vagón
como
nos sacudimos
con
cada final de día, los sueños de la mañana.
Entonces,
la parada
la tuya
el
camino hasta tu puerta, el hilo
de agua
que aún corre por la espalda.
Unos
segundos antes, me paro en el estribo
veo la
luz de la ciudad
que se
disputa con la noche.
El
cielo que no dice nada
me
invita
a
dejarme llevar por la luna.
Un
señor reparte un fragmento de la biblia
y
anuncia
la
llegada de Cristo
después
del diluvio.
Habla
y su
voz se funde con el freno.
Mientras
tanto,
me
crecen
flores
y
peces.
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colombina,
crónicas de zapatillas
martes, 8 de octubre de 2013
Sentir, sentir, saber
Sentir el instante, la sangre
apretando el pecho. Memoria y deseo reunidos en un pedacito de aire, que entra
y sale. Ya no soy la misma.
Sentir quién soy. Una mujer que
apenas descubre la vida, la fragilidad de los días y de las palabras. Una
persona que ríe casi siempre y llora casi a solas. Amante hasta las estrellas
pero con fallido amor propio (¿qué amor será entonces el que escribo?). Lluvia
con sol, casamiento de una bruja, viernes 13. Manos verdes que saben de plantas.
Palabras repetidas para distintos instantes, palabras repetidas para un mundo
que muta.
Saber que algo de mí depende de
mi trabajo, de mis ideas y de mi autodisciplina. Saber también que todo eso
depende de mi corazón, de la posibilidad de transitar alegremente el tiempo. No
olvidar lo bien que hace bailar, soltar la carcajada o caminar en la montaña.
No olvidar lo que me gusta de
cada persona, lo que amo de cada persona. Pero saber con certeza que en el
camino estoy sola. Con mi fragilidad y mi risa, con las palabras, el sol, la
lluvia, los viernes y las plantas. Olvido repetido que muta. Sentir, sentir,
saber. Sacar la fuerza de donde parece no estar.
Y seguir caminando.
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hablando de más
jueves, 18 de julio de 2013
Casualidad/1
- Siempre con la misma cara vos, haciéndote el acordeón y sintiéndote como una guitarrita de una cuerda. ¿No te aburre? - la miró con furia, sin saber qué responder ante una tajada de ese tamaño. Luego se calmó y supo que ella tenía razón.
- Siempre molestando a esta hora, vos. Prefiero seguir caminando en silencio - y se alejó, sintiendo la sonrisa de la Diosa clavada en su nuca.
Porque la Fortuna aparece cuando los soñadores caminan muy lejos de sus pies para reirse de sus intentos de controlar el destino. Y así recuerdan que, como todos, están atados a su suerte.
- Siempre molestando a esta hora, vos. Prefiero seguir caminando en silencio - y se alejó, sintiendo la sonrisa de la Diosa clavada en su nuca.
Porque la Fortuna aparece cuando los soñadores caminan muy lejos de sus pies para reirse de sus intentos de controlar el destino. Y así recuerdan que, como todos, están atados a su suerte.
miércoles, 12 de junio de 2013
Nocte Somnia/2
En el edificio 7 del Alto, apodado "Casa Mapu", había un total de diecinueve habitaciones aptas para ser habitables, con una capacidad máxima de tres o cuatro personas cada una, lo que debería significar que vivían alrededor de setenta y seis personas. Pero en realidad, fuera de los registros del gobierno sureño, la comunidad estaba compuesta por al menos cientocincuenta ántropos que con el paso de los años habían conseguido hacerse un lugar menos frío que la intemperie dentro de la mole de cemento. Ninguna de las habitaciones tenía menos de seis personas durmiendo dentro, y eso era en los casos que habían conseguido trabar las puertas de chapa con suficiente fuerza para no despertarse con un nuevo inquilino. Pero la pobreza se había vuelto creativa con el paso de los años, y en cada hueco que pudiese albergar un cuerpo contra el viento nocturno ahora dormían los desechos que dejaba Puerto Sur, la mayoría simplemente estaba días y días picando un hueco en las paredes donde se acostaban y tapaban con cartón. Los más hábiles había construido en los espacios de cada piso donde hace muchos, muchos años subía y bajaba el ascensor; aunque estos tenían el peligro constante que los pisos de chapas sostenidos por vigas de hierro que colocaban se desmoronasen por el peso de sus ocupantes o por el de un vecino cayendo en picada. No sería la primera vez, decían las viejas del tercer piso, pioneras del barrio, dinosaurios de una época olvidada que ya nadie recuerda.
Pero lo que nadie sabía en todo El Alto, ni siquiera en el mismo Casa Mapu, era que una persona tenía una habitación entera para ella sola. Con dos ambientes. Y tenía ese lujo porque era un cuarto muy bien escondido, tanto a la curiosidad de los internos como de la vista de los edificios en los alrededores. Ella era muy astuta.
El maldito viento de Tierra Sur estaba particularmente gélido, sentía mientras pensaba en su casa, sentada en el banco de la plaza Belgrano. Quería volver a su santo refugio, el tesoro más grande que podía tener en un lugar como ése. "Me cago en la gente violenta" se dijo mentalmente. Hacía un par de semanas que en el quinto piso habían matado a golpes a un grupo de obreros para quitarles el cuarto. En las noticias decían que los tipos se habían emborrachado con licor de coca y habían olvidado atrancar sus puertas, y cuando la gente del pasillo sintió el calor de adentro enloquecieron. Ella había tenido suerte de no estar ahí esa noche, pero el resultado de la masacre fue un montón de milicos dando vueltas por el edificio y muchos más ántropos esperando a que liberen el cuarto para ocuparlo. "Demasiado riesgo volver" se dijo cuando vio la situacion del 7 "Me tengo que aguantar vivir en la calle unos días". Pero esos días ahora sumaban dos largas semanas temblando en las plazas. Se concentró tanto en su propio frío que no anticipó lo que se acercaba caminando a la vuelta de la esquina.
Pero lo que nadie sabía en todo El Alto, ni siquiera en el mismo Casa Mapu, era que una persona tenía una habitación entera para ella sola. Con dos ambientes. Y tenía ese lujo porque era un cuarto muy bien escondido, tanto a la curiosidad de los internos como de la vista de los edificios en los alrededores. Ella era muy astuta.
El maldito viento de Tierra Sur estaba particularmente gélido, sentía mientras pensaba en su casa, sentada en el banco de la plaza Belgrano. Quería volver a su santo refugio, el tesoro más grande que podía tener en un lugar como ése. "Me cago en la gente violenta" se dijo mentalmente. Hacía un par de semanas que en el quinto piso habían matado a golpes a un grupo de obreros para quitarles el cuarto. En las noticias decían que los tipos se habían emborrachado con licor de coca y habían olvidado atrancar sus puertas, y cuando la gente del pasillo sintió el calor de adentro enloquecieron. Ella había tenido suerte de no estar ahí esa noche, pero el resultado de la masacre fue un montón de milicos dando vueltas por el edificio y muchos más ántropos esperando a que liberen el cuarto para ocuparlo. "Demasiado riesgo volver" se dijo cuando vio la situacion del 7 "Me tengo que aguantar vivir en la calle unos días". Pero esos días ahora sumaban dos largas semanas temblando en las plazas. Se concentró tanto en su propio frío que no anticipó lo que se acercaba caminando a la vuelta de la esquina.
domingo, 9 de junio de 2013
¿soy un pájaro?
¿soy un
pájaro?
¿una rama que se
desnuda en el otoño?
qué…
¿soy
unas cuántas palabras?
¿una manzana a medio comer?
¿es la vida
…la sustancia que me hace volar,
me desnuda
me escribe
y me come a pedazos?
qué
vuelo lento, qué vestimentas débiles
qué
pocas letras, qué apetito eterno
¿quién
seré…
cuándo de mi no queden más que
plumas
más que viento
que palabras
semillas?
¿quién
será capaz de hacerme volar, de desnudarme?
¿quién
será capaz de leerme, de comerme a pedazos?
¿quién,
cuando de mi no quede más?
¿la
vida?
jueves, 6 de junio de 2013
Nocte somnia /1
No hay nada de malo en los martes, pensaba el tipo, mientras tomaba un porrón de cerveza. El bar era un velorio, sonaban canciones demasiado conocidas y había pocas caras fuera de lo habitual. Un día de semana a la noche. Pero no tenía nada de aburrido, para la mente que encuentra placeres donde no los hay, para el cuerpo que se regocija con pequeñeces. Es por eso que la Red Läger estaba tan buena, las personas hermosas y hasta el sucucho que cumplía la función de 'baño' parecía oler a flores, y eso que definitivamente era un espacio que no había descubierto jamás la invención del desodorante de ambiente. La barra era el único lugar con madera real, las mesas y sillas eran de plástico y las bebidas se acomodaban en estantes de hormigón, haciendo juego con todo el lugar. El techo era de madera artificial, un amargo recuerdo de cuando abundaban los árboles en las casas de Tierra Sur. Pero ese mostrador, pequeño y viejo, era de pino canada, era un placer para el tacto. Concentrado estaba acariciándolo, hasta que lo interrumpieron dos situaciones que se le habían escapado durante el trance: la primera, la cerveza roja se había calentado; la segunda, más desconcertante, era que había alguien hablándole
- ¿Cómo? - debía tener cara de bobo cuando ofreció tan pobre respuesta. Esperaba, aunque no demasiado preocupado, que no estuvieran hablándole por mucho tiempo
- Je, preguntaba nomás qué había de interesante en la barra... Estás hace rato mirándola - sonrió ella. Entonces fue cuando pudo percibirla finalmente. Era una chica, joven y con mirada curiosa, que se había sentado a dos sillas de distancia y lo miraba apoyando su cabeza en su puño, descansando su codo sobre la madera de verdad. Antes de que responiera, el barman le trajo una pinta de cerveza recién tirada, ella pagó y se volvió para continuar con su pregunta. Pero la respuesta nunca llegó, porque en los dos minutos que dejó de prestarle atención, el tipo raro había desaparecido completamente. Se quedó perpleja. Miró por todos los pocos lados que podría estar una persona, pero ni rastro del chabón. ¿Lo habría asustado?
No hay nada malo en los martes, pensaba el tipo, mientras caminaba por la calle. Pocos son los boliches que ponen música fuerte, casi no hay autos ni gente, y sopla, como cada condenado día en el Sur, el gélido viento nocturno, un terrible contraste para el frío que congela la estepa hace años. Dejó que el aire se metiera en su cuerpo, se colara suavemente y diese un poco de vida al cuerpo. Era una pena lo de la chica, sabía bien que le había hablado por un genuino interés en conocerlo. Pero no fue su rostro o actitud la razón de la fuga, ni sus pechos o su cintura, fue tan sólo una palabra.
- Mirándola - sonrió para sí, y miró hacia el cielo. Era una pena, pero jamás podría haber conocido a alguien que creía que podía pasar tanto rato mirando una barra. Odiaba haber nacido así. Odiaba ser un dreamer. Al menos, las estrellas estaban todos lo días. Siguió caminando, como hombre que sabe todo, aunque caminaba sin esperarse ni por asomo lo que le esperaba a la vuelta de la esquina.
- ¿Cómo? - debía tener cara de bobo cuando ofreció tan pobre respuesta. Esperaba, aunque no demasiado preocupado, que no estuvieran hablándole por mucho tiempo
- Je, preguntaba nomás qué había de interesante en la barra... Estás hace rato mirándola - sonrió ella. Entonces fue cuando pudo percibirla finalmente. Era una chica, joven y con mirada curiosa, que se había sentado a dos sillas de distancia y lo miraba apoyando su cabeza en su puño, descansando su codo sobre la madera de verdad. Antes de que responiera, el barman le trajo una pinta de cerveza recién tirada, ella pagó y se volvió para continuar con su pregunta. Pero la respuesta nunca llegó, porque en los dos minutos que dejó de prestarle atención, el tipo raro había desaparecido completamente. Se quedó perpleja. Miró por todos los pocos lados que podría estar una persona, pero ni rastro del chabón. ¿Lo habría asustado?
No hay nada malo en los martes, pensaba el tipo, mientras caminaba por la calle. Pocos son los boliches que ponen música fuerte, casi no hay autos ni gente, y sopla, como cada condenado día en el Sur, el gélido viento nocturno, un terrible contraste para el frío que congela la estepa hace años. Dejó que el aire se metiera en su cuerpo, se colara suavemente y diese un poco de vida al cuerpo. Era una pena lo de la chica, sabía bien que le había hablado por un genuino interés en conocerlo. Pero no fue su rostro o actitud la razón de la fuga, ni sus pechos o su cintura, fue tan sólo una palabra.
- Mirándola - sonrió para sí, y miró hacia el cielo. Era una pena, pero jamás podría haber conocido a alguien que creía que podía pasar tanto rato mirando una barra. Odiaba haber nacido así. Odiaba ser un dreamer. Al menos, las estrellas estaban todos lo días. Siguió caminando, como hombre que sabe todo, aunque caminaba sin esperarse ni por asomo lo que le esperaba a la vuelta de la esquina.
jueves, 9 de mayo de 2013
Y si me debilito y me tropiezo con la misma piedra, ¿Quién va a levantarme? Ya no hay raíces para apoyarse, ni musas a la que aferrarse. Entonces, el acto de dirigir el pie con furia hacia la piedra parecería estúpido. Pero yo quiero tropezarme con esa piedra, y en vez de caer, romperme la pierna entera con tal de patearla bien lejos
domingo, 5 de mayo de 2013
viernes, 3 de mayo de 2013
Cómo sacude una tormenta.
Cómo
sacude una tormenta.
SEMANA
1/DESPUÉS
Cae la
tarde, la luz de afuera cede paso lentamente a las pantallas del interior. En
la vereda varias puertas se cierran desde afuera y las bicis parten rumbo a una
habitación seca. Mismas historias en las mismas veredas, colmadas de gente que
se desconoce.
Cierra
otra jornada de salvar las casas.
De
sacar y entrar muebles, lavar con lavandina, tirar, intercambiar dolores con
lxs vecinxs, salvar fotos o libros o plantas.
Cómo
sacude una tormenta.
Ya pasó
una semana y mi cuerpo parece no resistir más. Si no fuera por el corazón que
está tan lleno, tan abrazado.
Las
tardecitas-noches de regresar del día de limpieza de mi casa rumbo a otra, un
camino inusual a mis días: la costumbre rota.
18
DÍAS/DESPUÉS
Han
pasado dieciocho días de la tormenta y aún me encuentro en estado inusual,
revuelto. La intensidad de la lluvia y de los días posteriores aún hace eco en
mi cuerpo, en mis emociones.
El agua
en mi casa bajó a las 8 de la mañana del 3 abril, aún está bajando de mi
cabeza.
1 MES
MÁS TARDE/DIÁLOGO
no
quiero salir de casa, tengo frío
y estoy
hipersensibilizada
- por
la lluvia?
no… creo
que estoy un poco movilizada por todo esto
de
recordar la inundación,
de
alguna manera me hizo aflojar…
es como
si no se fuera más
el agua
- es como
que vino para quedarse, de esa sensación
si,
pero vino para quedarse como en casa
tomada...
se
quedó sin permiso, y empezó a ocupar espacio de nuestra vida cotidiana
Siento
que ha cambiado -o está cambiando- cosas mucho mas profundas
de lo
que podemos ver
o yo me
siento así, revuelta
A pesar
de todo, el balance post inundación se inclina hacia lo positivo, mucha gente
que estuvo ayudando a mucha gente, mucha distribución de cosas, mucha
organización de lxs vecinxs.
Mucho
sentir ese apoyo también, ese abrazo.
*
Hace muchos días que pasan por
mi cabeza historias, palabras y –sobretodo- sentidos alrededor del agua que
subió a nuestras vidas el 2 de abril. Las palabras son tan incompletas en estas
ocasiones que bajar algo de todo eso ha sido difícil, caótico, parcial… y atravesado
siempre (como ahora) por el llanto. Porque esa noche no era posible llorar,
tanto por desconocer la magnitud como por necesitar del cuerpo entero para
afrontar lo que vendría. No llorar fue parte de una resistencia.
Pero el día después, la semana
después y así los días que siguieron, hasta hoy; donde mi vecindario se
transformó en otro, yo me transformé en otra. Donde día a día ví multiplicarse
en las veredas muebles, estantes, colchones, barro, bolsas, libros, revistas,
fotos, cintas de VHS, casettes, computadoras, canastos, cds, frazadas, zapatos,
escombros, tristezas, manos, sonrisas, escobas, mates, lavandinas, esperanzas,
insistencias… día a día los muebles sacados a la vereda, el barrio transformado
en un tablado de la tragedia. También de la lucha, de la resistencia.
Y el llanto no era más que el
agua que aún bajaba de mi cabeza. Inevitable. Ayer estaba en el gimnasio y la
profe hizo un homenaje, porque una compañera perdió a su marido, porque otra perdió
a su mamá. Tan cercano, tan escalofriante. Porque perdimos tanto y tan
obligadamente. Porque el “perdí todo” de esos días fue un primer impulso de
bajar los brazos, pero fue después un barrio con sus brazos levantados,
cortando calles con los escombros porque la municipalidad no los juntaba,
vecinxs juntándose en la plaza, yendo a otras plazas, dándose voz.
Vuelve a ser un balance
positivo. Cambio obligado de frecuencia. Pero no basta para dejar de llorar
cada vez que veo las fotos, cada vez que siento el agua en mi cabeza. No
olvidar, no quedarse con los brazos cruzados, no dejar de sentirlo en la piel. No
dejar de abrazarnos.
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